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Por Cristina Miguens

Hace unos días ya tenía decidido el tema de mi columna, cuando me llamaron las chicas de la redacción pidiéndome que escribiera algo sobre la TV. Conocedoras de mi posición al respecto, descontaban que me sería fácil hacerlo.
Me quedé toda esa tarde y parte de la noche pensando cómo podía yo escribir sobre la TV cuando hace diez años que no la miro. Sí, en serio.Nunca fui muy fanática de la televisión, pero en 1997 tuve que enfrentar al mismo tiempo varias situaciones muy complejas y arduas en mi vida personal y laboral. En medio de mi crisis, instintivamente dejé totalmente de mirar televisión.
No tenía lugar en mi alma, no estaba para incorporar más estímulos, de ningún tipo. Estaba “en otra”.
Hacer varios duelos al mismo tiempo significaba llorar, rezar y tratar de sostenerme en pie para mis hijos. No quería “di-vertirme”, “vertirme en dos”, como decía Ortega y Gasset.
Durante esos años sólo miré los noticieros por eventos importantes, como las Torres Gemelas, el Tsunami, Atocha, la debacle argentina de diciembre de 2001, los resultados electorales, algo excepcional de los conflictos bélicos, las inundaciones, etcétera.
Pasado mi Tsunami personal y hasta el día de hoy, cuando hace ya tiempo que mi alma recuperó la calma perdida, nunca más volví a mirar televisión, excepto por esporádicos sucesos de la vida real. Y créanme, no me pasa nada. Uno puede vivir muy bien sin televisión. Leo varios diarios, revistas serias (y algunas no tanto) y eso sí, devoro libros, varios a la vez. Del resto me entero por el run-run de la calle, como de la existencia de Gran Hermano que, admito, sigue desafiando mi racionalidad. Un grupo de adolescentes que no encuentra nada mejor en su vida que encerrarse voluntariamente en una casa… para ser mirados por la gente… por el hecho de estar encerrados… Kafkiano: juro que sigo sin entender.
En estas condiciones, escribir sobre la TV se me hacía complicado. Pero justo al día siguiente, Dios me tiró una “puntita” como para empezar. En primera plana de todos los diarios servido en bandeja…
Sí, señoras y señores: ¡¡¡el baileeeee…. deeeeeel caño!!!
Me bastaron los diarios y la revista Noticias: no perdí ni un minuto en ver una repetición o en bajarlo de Internet. Ya tenía mi columna.


“Sos lo que comés”
Hace varios años, estando en la ciudad de Chicago con mi marido y mi hija menor, de 5 años, visitamos el fantástico Museo de Ciencias Naturales. Recorriendo las interminables y gigantescas salas, llegamos a un área que correspondía al cuerpo humano. No puedo olvidar el enorme cartel que pendía sobre el pasillo de acceso:“You are what you eat”, o sea,“Sos lo que comés”.
En el trayecto había varias secciones que no sólo mostraban en maquetas perfectas las partes del cuerpo, sino que hacían una impactante demostración de cómo los alimentos que ingeríamos eran asimilados y pasaban, indefectiblemente, a formar parte de nuestro organismo.
Ya en ese entonces se advertía claramente la campaña en contra de la comida chatarra. Pasaron unos quince años y no me olvidé de ese cartel. Es fuerte el mensaje: somos lo que consumimos, porque lo que introducimos dentro de nuestro organismo pasa a ser parte de nosotros mismos, inexorablemente.
Por supuesto que hace rato que transferí ese mensaje al alma. Porque, obviamente, el alma, tanto como el cuerpo, se alimenta, ¿no?
Cuando nacieron mis hijos, como todas las madres, me preocupé de que tuvieran comidas sanas, para su cuerpo. Pero también, para su alma. En esa época, alimentar el alma de nuestros hijos era más fácil. Jugar en la plaza era parte fundamental de esa dieta: al menos una hora por día, los primeros ocho o diez años. Hamacas, toboganes, arenero, patineta o patines,muñecas,
pelotas, el elástico, miguitas de pan para las palomas y la imborrable calesita del barrio donde vivíamos. En las casas seguía el juego, solos o con amiguitos del colegio.
La consigna era jugar. Tuvieron siempre la música cerca: María Elena Walsh, con “Manuelita” o “La Pájara Pinta”, también por el talentoso conjunto Promúsica de Rosario.Desde el principio, oyeron cuentos,
miraron y/o leyeron libros. Fueron a muchas obras de teatro en La Plaza (tiempos en que Soledad Silveyra era Alicia, en el País de las Maravillas, o Frutillitas), a ver los títeres gigantes del Circo criollo, mimos, ballet, magos. Aprendían jugando: cerámica, pintura, teatro, fútbol. Si habrá sido chico mi hijo que lo recuerdo en el Museo Nacional de Bellas Artes, cansado de mirar cuadros y tirado en el piso jugando panza abajo con sus autitos… indiferente al resto del mundo y, sin embargo, “expuesto al arte” como leí alguna vez.
¿A qué están expuestos los chicos hoy cuando no están en el Jardín o el colegio? Fundamentalmente, a la TV, la niñera electrónica. ¿Qué? ¿Los nuestros no miraban tele? Sí, claro, pero era otra televisión y veían muy poco. La transmisión recién empezaba después del mediodía y, básicamente, las demás actividades les divertían más. El contacto humano y el juego creativo
eran mucho más fuertes: jugaban con personas, no con máquinas. ¿Y hoy, ya adolescentes, no miran TV? Sí, mis hijos miran, pero me atrevo a decir que miran selectiva y críticamente: tienen “anticuerpos”. No “comen” TV chatarra.


La TV abierta, a los caños
El Imperio absoluto de la TV abierta (única dueña y señora de la audiencia hasta fines de los ochenta) está siendo desde entonces sistemáticamente acosado por la implacable competencia de las tecnologías y los divertimentos modernos de una nueva generación: los multicines, cientos de canales de cable, videos, videojuegos, DVD, Internet, etc. Y la decadencia y el derrumbe de los imperios siempre estuvieron asociados a la pornografía. Como una vieja prostituta a quien ya nadie busca, hay una TV abierta que agoniza –impúdicamente– bajo el yugo del rating minuto a minuto.
No hay por qué alarmarse, sino más bien estar alegres, como dice Jesús, “porque se acerca vuestra liberación” (Lucas 21, 28). Con programas como Gran Hermano o con el baile del caño estamos presenciando en vivo el suicidio de una TV irresponsable y narcisista, obscena y procaz, que vivió únicamente por y para el rating, o sea, para el “dinero”. Es sólo cuestión de tiempo.
Estoy lejos de querer juzgar a las madres (y padres) de hoy por lo que hacen con sus hijos –apabulladas de demandas, trabajadoras a tiempo completo– y mucho menos por lo que ellas mismas eligen mirar. Pero creo que así como estamos pendientes, por salud o por coquetería, de las dietas del cuerpo, por esas mismas razones podríamos evaluar las “dietas del alma”, discriminar aquellas cosas que nos hacen bien al espíritu, que son nutritivas y nos hacen crecer como seres humanos, de aquellas que nos intoxican. Porque todo lo que entra en nuestra alma a través de nuestros sentidos pasa a formar parte de nuestro ser.
“Somos lo que miramos”. Está probado que las imágenes de violencia nos insensibilizan ante el dolor y la muerte, y que muchos asesinatos o robos han sido fielmente copiados de la ficción. La pornografía sólo representa una burda exaltación de los instintos más animales o “carnales” de la persona y, sin duda, son un obstáculo para el crecimiento espiritual.
Hoy la TV abierta (y también las otras tecnologías) puede ser comida chatarra, para el alma. Se trata, sencillamente, de seleccionar nuestra dieta. Decir NO y cambiar de canal o, mejor aún, apagar la televisión.
Tanto como le decimos NO a una grasienta hamburguesa o a unas papas fritas que chorrean aceite quemado.
No sólo la salud. También la belleza de nuestra alma depende de nosotros.


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