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Por Cristina Miguens
Al
momento de escribir esta columna, el país está
sumido en un profundo desencuentro y pareciera que la
naturaleza acompaña ese sentimiento de tinieblas:
la niebal, el humo de la quema de los pastizales y una
nube de cenizas oscurecen el sol. Las cuatro organizaciones
representativas del agro enfrentan al gobierno de Cristina
Fernández de Kirchner con movilizaciones y paros
en señal de protesta por el incremento de las
retenciones a la exportación de granos. Las agresiones
verbales desde el entorno kirchnerista se alternan con
señales de negociación y de diálogo.
En buen criollo, una pulseada más entre dos poderosos,
a quienes, como siempre pasa, le asiste algo de razón
a cada uno, aunque sea en las intenciones.
Mientras ríos de tinta inundan
los medios (incluido éste), el riesgo país
trepa y desde afuera nos miran incrédulos.
¿Otra vez la Argentina en crisis? ¿Y ahora
qué? La macroeconomía del país
está saludable como pocas veces y los precios
internacionales de los cereales alcanzan valores que
son récords históricos. El mundo demanda
más y más alimentos y la Argentina es
considerada uno de los pilares para proveerlos. Para
un país con tradición de “granero
del mundo” las condiciones no podrían ser
mejores. ¿Y entonces?
La
crisis alimentaria mundial
Las causas del alza en los precios de los cereales “oficialmente”
son cuatro:
• El aumento del
consumo de proteínas animales de las nuevas clases
medias de la India, China y el Brasil, que demandan
cereales como soja y maíz para alimentar vacas,
cerdos y pollos.
• El crecimiento
de la producción de biocombustibles a base de
soja, maíz, colza y caña de azúcar.
• Las malas cosechas
en algunas regiones, provocadas por los cambios climáticos.
• La suba del precio
del petróleo que incrementó los costos
de producción y transporte de los alimentos.
Esta alza de precios, que podría
ser vista como una excelente noticia y una oportunidad
para el país, en los hechos ha desatado una feroz
crisis alimentaria mundial –especialmente por
el alza de los precios del trigo y el arroz, alimentos
básicos de los países más pobres–,
lo que está llevando a la hambruna a más
de 100 millones de habitantes y ya ha desencadenado
disturbios en 37 países, incluida la caída
del presidente de Haití hace pocas semanas.
Pero hay algo más perverso
en esta crisis. Recientemente se ha comenzado a difundir
otra causa del incremento de precios: como resultado
de la crisis de las hipotecas inmobiliarias en los Estados
Unidos y su efecto contagio a las economías centrales,
los fondos de cobertura o hedge funds han comenzado
a invertir fuertemente en los mercados “a futuro”
de commodities agrarios como refugio de capital,
especulando con la suba de los precios de los alimentos,
suba que ellos mismos contribuyen a generar.
Concretamente, estamos ante una
inflación mundial –y no sólo interna–
del valor de los alimentos, en buena medida porque el
“mercado”, ese demonio sin rostro, compra
cereales para darles de comer a los autos y para acumularlos
en un “granero virtual” depositado en un
banco.
Algo huele a podrido en Dinamarca,
diría Shakespeare, o para el caso, en la Argentina,
o en realidad, en todo el planeta.
Por eso creo que nosotros, los argentinos, estamos confundidos
en un complejo debate interno de retenciones y subsidios,
de federalismo o centralismo, que sin duda es muy importante,
pero que, en mi opinión, es el árbol que
no nos permite ver el bosque. O mejor dicho, el drama
de la crisis alimentaria mundial, drama del que, inevitablemente,
como productores de granos somos actores.
Porque desde la más elemental ética, como
individuos y como comunidad, es imposible para los argentinos
defender un modelo de “granero del mundo”
cuando cerca del 30 % de nuestros compatriotas no cubre
sus necesidades básicas de alimentos y el país
está “sojizado” en buena medida para
alimentar animales y/o abastecer fábricas de
biocombustibles. El debate de fondo es ético
antes que político y económico.
•
Porque se necesitan 6 kilos de cereal para producir
un kilo de carne vacuna.
• Porque producir
100 litros de biodiesel para llenar el tanque de una
4x4 insume la cantidad de cereal necesario para alimentar
una persona todo un año.
• Porque Estados
Unidos hoy destina el 50% de su cosecha de maíz
a los biocombustibles, mientras que millones de seres
humanos en el mundo sobreviven con un plato de arroz
diario y otros con menos suerte, fundamentalmente niños,
mueren de hambre.
Coincido con el relator de la ONU,
Jean Ziegler, quien calificó el uso de biocombustibles
de “crimen contra la humanidad”. Darles
de comer a los autos antes que a las personas es una
aberración que sólo Dios podrá
juzgar.
De
granero a supermercado
En mi desazón, fui a la biblioteca y volví
a releer este magnífico texto de 1937 del escritor
Eduardo Mallea. Necesitaba pararme en otro lugar, mirar
con otros ojos.
Después de intentar durante
años paliar mi aflicción inútilmente,
siento la necesidad de gritar mi angustia a causa de
mi tierra, de nuestra tierra.
De esa angustia nace esta reflexión, esta fiebre
casi imposible de articular, en la que me consumo sin
mejoría (…).
He aquí que de pronto este país me desespera,
me desalienta. Contra ese desaliento me alzo, toco la
piel de mi tierra, su temperatura, estoy al acecho de
los movimientos mínimos de su conciencia, examino
sus gestos, sus reflejos, sus propensiones – y
me levanto contra ella, la reprocho, la llamo violentamente
a su ser cierto, a su ser profundo, cuando está
a punto de aceptar el convite de tantos extravíos.
(…)
Quisiera tan sólo conmover, es decir, mover conmigo.
Hacia nuestra Argentina difícil, no hacia una
Argentina fácil. Hacia un estado de inteligencia,
no hacia un estado de grito. (…) Mientras vivamos
durmiendo en ciertos vagos bienestares estaremos olvidando
un destino. Algo más: la responsabilidad de un
destino. Quiero decir con inteligencia la comprensión
total de nuestra obligación como hombres, la
inserción de esta comprensión viva en
el caminar de nuestra nación, la inserción
de una moral, de una espiritualidad definida, en una
actividad natural.
Es necesario ir hacia ello, no detenerse, argentinos,
argentinos sin sueño, argentinos taciturnos,
argentinos que sufren la Argentina como un dolor en
la carne.(1)
Sueño, junto con Mallea,
con una Argentina que asuma la “responsabilidad
de su destino”, con una moral que trascienda los
mezquinos intereses económicos que hoy dominan
las relaciones humanas.
Y ese destino, para mí sin duda, es el de alimentar.
Lo escribí hace quince años(2) y hoy me
parece aún más evidente que entonces.
El sector de los alimentos es el único en el
que la Argentina tuvo y tiene peso propio como jugador
mundial. Hasta ahora como “granero del mundo”,
pero podría serlo además como “supermercado
del mundo”, industrializando los productos del
agro, agregando valor y generando miles de puestos de
trabajo en el interior. Pero para alimentar personas,
no autos o cerdos.
Sueño con un nuevo país.
Un país capaz de poner luz en medio de las tinieblas
del hambre, capaz de enfrentar el paradigma del egoísmo
y de dar otra respuesta, generosa y solidaria. Porque
ha sido llamado –tal vez como ningún otro
país en el mundo– a cumplir con el precepto
evangélico de dar de comer al hambriento.
Mallea compara la Argentina con una mujer que da a luz
un pueblo. Quiera Dios que estos enfrentamientos internos
que estamos viviendo hoy sean los últimos, que
esta vez sean los dolores de parto de ese ser nacional
que estamos buscando, a tientas, desde hace casi doscientos
años. Y que asumamos por fin la responsabilidad
de nuestro destino. Los pobres del mundo no pueden seguir
esperando.
(1) Eduardo Mallea, Historia de una pasión argentina,
Editorial Sudamericana, 1986.
(2) “Una utopía colectiva: de granero a
supermercado”, La Nación, 24 de julio de
1993.
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