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Por Cristina Miguens
Hace
unos días me trajeron los testimonios de varias
mujeres que se habían separado y que se publican
en este número. La verdad es que me resultó
muy fuerte leerlos, porque me reconozco en muchas, muchísimas
partes de sus relatos. Ya lo saben: me separé
no una sino dos veces, lamentablemente. La primera a
los 33, la segunda a los 46, hace ahora once años.
Y hace casi seis, en septiembre de 2002, escribí
mis reflexiones al respecto en Sophia. Transcribo textualmente
esa columna, cuyo título era “Aceptación”:
“¿Mamá,
qué se siente después de dos fracasos
matrimoniales?”. Así, a quemarropa, como
corresponde a una adolescente, que todavía no
ha prostituido esa virtud de hablar la verdad. Me llevó
un tiempo poder contestarle a mi hija (del segundo matrimonio,
porque tengo de ambos) y hoy, varios años después,
se me replantea casi la misma pregunta: ¿qué
decir de la pareja después de dos fracasos matrimoniales?
O más aún, ¿con qué “autoridad”
si tengo este currículum? Sin embargo, acepto
el desafío: de algo tiene que servir la experiencia
ajena y especialmente si fue dolorosa. Y a las escépticas,
desengañadas, con “moretones en el alma”
les voy avisando que no cuenten conmigo: a pesar de
todo, sigo creyendo en la pareja.
El gran poeta francés Víctor Hugo decía
(la traducción es mía):
“El
hombre es un aprendiz
y el dolor es su maestro
y nadie se conoce
hasta que no ha sufrido”
Puedo decir con él que
el dolor de dos fracasos matrimoniales me llevó
a aprender y a conocerme más. También,
a analizar y entender parejas de amigas mías.
Las enseñanzas han sido muchas, pero podrían
resumirse en algunos conceptos que se repiten bastante:
1. Tenemos
que asumir nuestra parte de responsabilidad individual:
la pareja que tenemos la elegimos nosotros y nadie más.
No cayó como un rayo ni fue fruto del destino.
Si algo anda o anduvo mal, somos siempre “corresponsables”.
2. Las mujeres tenemos tendencia a
ser “sobreadaptadas”. Jung lo define bien
cuando habla del tipo “extrovertido” como
una tendencia femenina a acomodarse al mundo exterior,
especialmente al varón. Robin Norwood, en su
excelente libro Las mujeres que aman demasiado, explica
también este mecanismo, por el cual amamos al
otro con la oculta esperanza de que por amor a nosotras
o con el tiempo “él va a cambiar”.
3. Esto en general no sólo es
falso, sino además injusto. Toda persona merece
ser amada y aceptada como es ahora, en el presente,
con todos sus defectos y virtudes. De lo contrario,
no estamos amando a esa persona, sino al proyecto o
idea que tenemos en nuestra cabeza como ideal. Y ésa
no es la persona que tenemos hoy delante de nosotros.
Frente a esta realidad se puede optar entre aceptarlo
tal cual es o esperar a que cambie antes de comprometernos
en un vínculo.
4. Si una ya está comprometida
en una pareja difícil, frustrante, tal vez dolorosa,
pero aun así quiere llevarla adelante (por él,
por la familia o por creencias), es una opción.
Yo comprendí tardíamente que era más
importante y más honesto (¡y mucho más
difícil!) intentar cambiar una misma que pedirle
al otro que cambie. Cambiar, no para adaptarse a la
otra persona, sino para renunciar a expectativas que
lo involucran. Soltar nuestras exigencias. Aceptar al
otro como es o, mejor dicho, como puede ser. Dejarlo
ser lo que es. La libertad es un prerrequisito para
el verdadero amor y, por eso, la aceptación es
muy distinta de la resignación.
Llegado este punto tal vez se
entienda mi incurable fe en la pareja. Sí, sigo
creyendo en el amor entre dos personas libres que se
quieren y se aceptan como son, casi incondicionalmente,
y que se acompañan en este maravilloso peregrinaje
que es la vida. Y creo esto porque fundamentalmente
creo en un Dios que es ese Amor incondicional que, si
bien todo lo espera, todo lo acepta. Y si ese Amor existe
y es nuestro modelo, ¿por qué no va a
existir una expresión humana, un reflejo de ese
Amor, con quien pueda formar una pareja?
seis
años después…
Releo este texto y me emociono. Me conmueve releer lo
que escribí en aquel momento, cuando apenas asomaba
la cabeza después de la crisis de mi segundo
divorcio… cómo expresaba tan convencida
mi confianza en Dios, y mi “incurable fe”
en el amor y en la pareja. Han pasado casi seis años
desde que la escribí, y hoy tengo esa pareja
que en aquel entonces era pura ilusión y acto
de fe... Llegó a mi vida muy despacito, como
una brisa, después de muchos años de estar
sola, de llorar, de crecer, de hacerme cargo de mis
errores… pero, sobre todo, llegó a mi vida
cuando yo ya me había encontrado conmigo misma
y con Dios, en el fondo de mi alma.
Pero no es sólo por esto
que me emociono. Hace sólo cuatro días
que se casó mi primera hija, la mayor. Sí,
sólo cuatro días: iglesia, traje de novia,
flores, música, amigos, fiesta….
¿Justo ahora me vienen en la redacción
con este tema de la separación, las pérdidas,
los fracasos? ¿Justo ahora, cuando acabo de salir
del brazo de mi primer ex en la ceremonia, y cuando
en la iglesia y en la fiesta estaba, además de
mi novio, también mi segundo ex, el padre de
mi hija menor?
¿Justo ahora hablar de rupturas, cuando todavía
estoy inmersa en el clima festivo y alegre del casamiento,
inundada del perfume de nardos y rosas en casa, recibiendo
regalos y llamados de amigos, y con el vestido de novia
esperando la tintorería? Muy fuerte el contraste.
Como si los fantasmas del pasado, de mis dos fracasos
matrimoniales, quisieran volver para estropearlo todo.
Pero no. Nada es casual. Elijo pensar
que esta “coincidencia” es porque hoy mi
mensaje para todas las lectoras, de cualquier estado
civil y emocional, debe ser más que nunca el
de la esperanza. Tanta esperanza como la que creo haberles
podido transmitir a mi hija y mi flamante yerno. Y de
tanta alegría como la que tuvimos todos ese día.
El amor de pareja es siempre posible, aunque no sea
indispensable.
Las conclusiones podrían ser casi las mismas
que las que escribí hace seis años, o
las que escriben en la nota las lectoras separadas,
o aun los especialistas en el tema. Pero hay algo más,
y es posiblemente el único consejo necesario:
encontrarse con una misma y con Dios, antes de casarse
con nadie.
Es que casi todas las separadas
hemos llegado, después de muchas lágrimas,
casi a lo mismo: a la necesidad que teníamos
de conocernos mejor, y de confiar más en nosotras
mismas y en el amor de nuestros vínculos (amigos,
padres, hermanos, hijos). Y a la sabiduría de
no poner todas nuestras expectativas y seguridades –afectivas,
económicas, sociales– en el marido o la
pareja. Recorrer ese camino de introspección
y de espiritualidad antes de comprometernos con otra
persona. O bien, en lo posible, hacerlo antes de la
crisis y no como el resultado del dolor y la pérdida.
Algo así como “divorciarse del marido antes
de casarse”, o incluso “divorciarse estando
casada”.
¿No se entiende? Lo digo
de otra forma: no poner en nadie esa necesidad de incondicionalidad
y de Absoluto que tiene el alma, y que sólo Dios
puede satisfacer. Si tenemos tanta “necesidad”
de otro, tanta dependencia emocional, económica,
o de cualquier otro orden, el amor no puede prosperar,
porque no hay libertad. Y nadie puede dar lo que no
tiene. Sólo cuando somos libres internamente,
podemos resignar por amor parte de nuestra libertad,
para constituir una pareja y una familia.
André Louf, un sacerdote
trapense que conocí una vez en Francia, repetía:
“Hay un solo pecado: quitarle a Dios el lugar
de Dios”. Cuánta razón encierra
en tan pocas palabras. Es que el ser humano no puede
vivir sin Dios, y si no tenemos Dios, casi seguro que
alguien o algo termina ocupando su lugar: el marido,
el trabajo, el dinero, el éxito…
Y la idolatría no es sólo un pecado: es
vivir en el error.
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