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La
razón o la “locura” del Amor de Dios.
Por Cristina Miguens
En
octubre de 2003, en la editorial tuvimos la loca idea
de regalar 160.000 ejemplares de la revista Sophia junto
con un diario nacional. La tapa era una mujer en la
playa, sentada descalza al borde de un gran corazón
cavado en la arena, con un baldecito y una pala, pensativa,
sonriente, feliz. El texto decía: “Hay
otra vida”, y al levantar una solapa se completaba
la frase: “desde el alma”.
Diseñar la tapa fue muy difícil.
No podíamos equivocarnos: eran 160.000 ejemplares
que llegarían por primera vez a otros tantos
hogares. Nos ayudaba un publicista amigo, filósofo
y presidente de la filial argentina de una megaempresa
de publicidad. Ningún improvisado. Debatimos
mucho sobre la frase “desde el alma”. Él
se oponía categóricamente a la palabra
“alma” por confusa e insistía en
que usáramos “desde el corazón”.
Su argumento era demoledor: “Nadie va a entender.
¿Qué es el alma?”.
Insistimos y la tapa quedó así: “Hay
otra vida… desde el alma”. Si no entendían,
mala suerte. Nuestro mensaje era exactamente ése.
Que hay otra forma de vivir, de sentir, de mirar la
realidad, de vincularse, desde lo espiritual, desde
el alma.
“Pienso,
luego existo”
Quedé impactada. Que un pope de la comunicación
afirmara que la gente “no iba a entender”
la palabra “alma” me parecía un signo
alarmante. ¿A ese punto había llegado
nuestra cultura materialista? ¿A ni siquiera
entender la palabra “alma”? Uau…
Recurrí a un sacerdote amigo, prestigioso teólogo,
profesor universitario y, curiosamente, también
filósofo, y le pregunté casi angustiada:
“Fernando… ¿qué pasó?
¿Cómo es que la Humanidad se quedó
sin alma? ¿Cuándo se nos perdió?”.
Él no demoró ni un minuto en contestarme:
“Con Descartes, hace más de trescientos
años”. Fue rastreando la evolución
del pensamiento racionalista a partir del filósofo
y matemático René Descartes (1596-1650),
el “padre de la filosofía moderna”,
que, en su Discurso del método, propuso llevar
la precisión matemática más allá
del álgebra y la geometría, y aplicarla
al campo de los problemas filosóficos y metafísicos.
Su influencia no fue sólo determinante para la
filosofía y el desarrollo de las ciencias modernas,
sino que abarcó preocupaciones religiosas y toda
una nueva antropología. Descartes introdujo el
concepto de “mente”, entidad diferente del
“alma” y sede del razonamiento. La mente
racional es considerada la única entidad verdaderamente
“real” porque piensa, duda, afirma, niega,
comprende y, fundamentalmente, distingue lo verdadero
de lo falso. Descartes lo resume en su famosa frase
“Pienso, luego existo”.
A partir del método cartesiano
y del consecuente auge de las ciencias, la razón
fue entronizada, y en paralelo el alma fue descalificada
por considerarla una entidad cuya existencia no es comprobable
científicamente: para el método cartesiano,
la primera condición consiste en “no
admitir como verdadera cosa alguna que no se sepa con
evidencia que lo es”.(1) Si bien
Descartes se ocupó del alma, de su relación
con el cuerpo, del conocimiento intuitivo, e inclusive
buscó probar la existencia de Dios, el virus
del racionalismo estaba inoculado en todo el pensamiento
filosófico moderno. Hasta llegar a Nietzsche
con su “Dios ha muerto” y con Él,
el alma. Al punto de perder su significado o ser sustituida
por un pedestre órgano como es ese músculo
cardíaco llamado “corazón”.
Hace pocos días, Mario Bunge, físico y
filósofo, escribió denostando a los psicoanalistas,
porque “son prisioneros del mito primitivo
del alma inmaterial que no puede captarse por medios
materiales como la resonancia magnética funcional”…(2)
Todos estos años he seguido
observando el tema. Con las lectoras de Sophia no tengo
la menor duda: todas entienden perfectamente a lo que
nos referimos cuando hablamos del alma. Ninguna se sorprendió
jamás y en las cartas que nos escriben usan la
palabra “alma” con absoluta familiaridad:
“me llegó al alma…”, “me
duele en el alma….”, “mi amiga del
alma…”, “tengo el alma en paz”,
“somos almas gemelas”, etc. Fui comprobando
que para las mujeres el alma tiene una relación
directa con los afectos asociados a los vínculos,
tales como el amor, la amistad, la piedad, la unión,
el dolor por una pérdida, la empatía con
los demás. Y que además el alma es el
lugar de las vivencias y experiencias más profundas,
más reveladoras, muchas veces dolorosas, de las
que se aprende la sabiduría de la vida. Y, por
cierto, para muchas de ellas, las más espirituales,
es ese lugar donde es “evidente” la presencia
y la acción de Dios en sus vidas.
Sin embargo, en estos años, aunque la palabra
“alma” empezó a aparecer más
en los medios, encontré muy pocos varones que
hablaran del alma. ¿Se les perdió en el
siglo XVII con Descartes, como dijo mi amigo sacerdote?
¿O agoniza en silencio atacada por el virus cartesiano
de la razón?
Las
“evidencias” del alma
Cuando una persona pierde la “razón”,
se dice que es demente o loco. ¿Y si pierde el
alma? Es un “desalmado”. Muy grave, porque
según la Real Academia Española “desalmado”
es alguien “falto de conciencia, cruel, inhumano,
privado o falto de espíritu”.
Muchos varones (y, lamentablemente, cada vez más
mujeres) parecen haber perdido el alma. Podrán
con la razón alcanzar la suma del conocimiento
científico, pero la sabiduría sólo
se manifiesta al alma. Y cada vez más la sociedad
sufre las enfermedades del alma, la psique en griego,
perdida o maltratada por la cultura racionalista, y
recurre a la psicología para curar las depresiones,
adicciones y enfermedades de base psicosomática.
Por eso, también, tantos
andan buscándole un significado a la palabra
Dios(3) o preguntándose si Dios es real(4) o
cómo vivir sin Él.(5) Porque si una persona
sólo tiene “razón” y no tiene
“alma”, o, mejor dicho, la tiene perdida,
es posible que pierda el sentido de la vida, se deprima
o se vuelva insensible, disociado y eventualmente cruel
e inhumano. Porque al decir de las mujeres, el alma
es el espacio de los vínculos y de los afectos,
y el lugar donde se aloja Dios. Y si se pierde el alma,
Dios no tiene forma de manifestarles su Amor a los seres
humanos, una “evidencia” absolutamente irracional
que tantas veces excede las palabras. Sucedió
lo mismo hace dos mil años. Jesús Resucitado
se apareció primero a las mujeres y fueron ellas
las encargadas de darles la noticia a los discípulos.
Ya por entonces sufrieron la descalificación
y la incredulidad de los varones, hasta que el mismo
Jesús se les apareció y los trató
de incrédulos y de “duros de entendimiento”.
Ya les había prevenido del obstáculo que
representaba la razón: “Si
no se hacen como niños, no entrarán en
el Reino de los Cielos” (Mateo 18, 3).
Hoy como entonces tenemos que aceptar
que las experiencias de encuentro con Dios están
lejos de ser experiencias racionales. Al contrario.
Dios no somete su existencia a la prueba racional del
“método cartesiano” ideado por sus
minúsculas criaturas. Sencillamente porque Dios
“no cabe” en nuestras categorías
racionales. El método puede ser válido
para conocer científicamente la Creación,
no al Creador. Ahí está el error. Por
eso, a pesar de los veinte siglos transcurridos, las
mujeres, como María Magdalena y las otras, insistimos
en anunciarles la buena noticia, a partir de “nuestras”
evidencias de que hay otra vida. Desde el alma. Y el
alma no se arrodilla frente a la razón.
NOTAS
(1)Discurso del método,
Parte II, R. Descartes. El destacado es mío.
(2)“Diván bajo el fuego”, revista
Noticias, 14 de abril de 2007.
(3)Tapa de La Nación Revista, 25 de marzo de
2007.
(4) Tapa de Newsweek Argentina, 4 de abril de 2007.
(5) Tapa de Ñ, Revista de Cultura, Clarín,
14 de abril de 2007.
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