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Por Cristina Miguens
Si algo le faltaba al Congreso para
coronar su desprestigio ante la sociedad era esto: declarar
“Mujer destacada del año 2009” a
un varón. Bueno, a un varón transexual,
o sea, a alguien que transformó su sexo de varón
a “mujer”. Por iniciativa de Silvia Augsburger,
(ex) diputada socialista por Santa Fe, la Comisión
de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia de la
Cámara de Diputados de la Nación otorgó
el premio a un transexual porque logró
obtener un documento de identidad en el que figura su
nombre actual: Marcela Romero.
Al enterarme sentí que me estaban tomando el
pelo, por no decir algo más grosero. Fui desmenuzando
la noticia. Empecé por considerar al ente que
otorgó el premio. Si se tratara de la Asociación
de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales del país,
podría entender que la elección como “Mujer
destacada del año” recayera sobre un transexual,
porque para sus integrantes Marcela Romero es una mujer
y ellos están en su derecho a premiar a quien
quieran.
Por otra parte, analizando las razones por las que recibió
el premio –una batalla judicial para obtener el
reconocimiento de lo que considera su derecho cívico–,
pensé que la Cámara de Diputados podría
haberle dado, por ejemplo, el premio a la “Acción
ciudadana destacada del año”.
Pero el problema surge cuando se consideran en conjunto
el ente que otorga el reconocimiento y el nombre y objetivo
explícito del premio: se trata específicamente
de premiar a la mujer destacada del año, por
cualquier acción valiosa, partiendo de la base
de que quien la realiza es mujer. Que el Congreso de
la Nación Argentina, con todo el peso jurídico
y simbólico que tienen sus actos y declaraciones
sobre el conjunto de la sociedad, premie a un transexual
por ser la “Mujer destacada del año”
es lisa y llanamente un agravio a todas las mujeres
argentinas, además de un absurdo y un error.
La noticia salió publicada en los principales
medios de comunicación del mundo, incluidos aquellos
donde las minorías sexuales tienen mucho peso.
Por lo visto, muy “normal” no les habrá
parecido la noticia.
discriminar
o discernir
Nuestra Constitución Nacional (como la de muchos
otros países) aplica el criterio del lugar de
nacimientos para otorgar la nacionalidad argentina y
los derechos resultantes. Un argentino nativo no es
jurídicamente igual ante la ley que uno nacionalizado
ni tiene idéntico documento. La Carta Magna impide
que un argentino nacionalizado sea candidato a la presidencia
de la República, por el solo hecho de no ser
argentino de origen. Tampoco, por cierto, sería
admisible para la Justicia que un candidato argumentara
que se siente argentino de alma y, en consecuencia,
pretendiera reemplazar en su acta de nacimiento el nombre
de su país de origen por República Argentina,
porque ésa es su opción o su deseo más
profundo. Por lo visto, el origen importa porque determina
algo que no puede ser modificado.
¿Esto es discriminar? De ninguna manera. Es discernir,
que no es lo mismo aunque a menudo se confundan los
términos. “Discriminar”, según
la RAE, es seleccionar excluyendo, mientras que “discernir”,
es distinguir una cosa de otra señalando la diferencia
que hay entre ellas.
En este caso, la diferencia a partir de la cual se discierne
entre argentinos es el origen, el lugar de nacimiento,
que es lo que por cierto le otorga determinados derechos
a unos y otros. En ningún país del mundo
se considera esto una discriminación.
Por eso, al momento de elegir a la “Mujer destacada
del año”, era importante discernir quiénes
podían aspirar a ese premio. Más allá
de las comprobables diferencias entre un varón
transexual y una mujer –biológicas, genéticas,
físicas, fisiológicas, sociales, culturales,
etc.–, que por lo visto fueron consideradas insuficientes
por los legisladores, pensé que podía
agregar una más: la mental.
Estuve muchos años casada con un psiquiatra y
tengo una hija psicóloga, así que me fui
directo al manual de la American Psychiatric Association,
conocido como el DSM-IV-TR y confirmé mi sospecha:
la transexualidad y el travestismo no son consideradas
opciones culturales, sino que figuran en la larga lista
de los trastornos mentales, más específicamente
como un trastorno de la identidad sexual”.(1)
Aunque, en última instancia, esto también
podría ser discutible.
Los varones transexuales merecen todo el respeto y la
consideración propios de una sociedad pluralista.
Pero al momento de analizar los derechos de las minorías
sexuales, es importante respetar los derechos de la
mayoría. Por ejemplo, el derecho de las mujeres
a preservar nuestra identidad y nuestra “denominación
de origen”, como el champagne se encargó
de registrar su nombre para señalar la diferencia
con otras bebidas espumantes.
las
cosas por su nombre
No tengo dudas de que la Mujer está siendo agredida
y desvalorizada por los medios de comunicación,
donde todos los días se degrada su imagen utilizándola
como un objeto de consumo y de placer del varón.
También es de público conocimiento que
las mujeres somos víctimas de todo tipo de explotación,
violencia y maltrato por parte de los varones, flagelo
mundial que ya tiene nombre propio: “femicidio”.
Pero pareciera que no hay límites para el ataque
a las mujeres. Ahora van por todo: desdibujar y confundir
nuestra identidad sexual. Que una minoría como
la de los varones transexuales pretenda apropiarse de
la identidad de las mujeres utilizando nuestro nombre,
y reciba el aval de los legisladores a través
de un premio y de un proyecto de ley, me parece sin
duda un burdo avasallamiento a nuestros derechos.
No se trata aquí de hacer un juicio moral o siquiera
de apelar a la defensa de los valores tradicionales,
algo que ya han hecho otros medios. Se trata de algo
mucho más elemental: evitar crear una confusión
y respetar los derechos de todos.
Además de aplicar los múltiples criterios
para el discernimiento de la identidad sexual, necesitamos
volver al sentido común. Es evidente que el premio
otorgado induce a la confusión y constituye en
sí mismo una mentira.
Un transexual no es una mujer. Es un transexual, con
su propia y respetable verdad intrínseca. Por
eso, premiar a un transexual como mujer es tan absurdo
como premiar al difunto Michael Jackson como el “Blanco
destacado del año”, en reconocimiento a
sus denodados esfuerzos por modificar sus rasgos y su
color de piel, propios de su origen negro. Hay una innegable
contradicción en los términos.
Como dijo Shakespeare, la cuestión
de fondo sigue siendo la misma: “Ser o no ser”.
Y para mí, ser mujer implica algo muchísimo
más profundo y espiritual que la identidad sexual,
y, por supuesto, no se logra con cirugías que
modifican el cuerpo con ablaciones, implantes y hormonas,
y menos aún con un documento de identidad o una
vestimenta. Ser Mujer es otra cosa. Sólo las
mujeres podemos entenderlo. Y por suerte, con ustedes,
no necesito explicarlo. nn
(1) DSM-IV-TR. Manual diagnóstico y estadístico
de los trastornos mentales. Texto revisado, Barcelona,
Masson, 2003.
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