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de cara al mundo

En el documental, que ganó el último Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, Mercedes logra captar ese momento antes del ocaso. Sin prisa, deja que el tiempo respire; que Román, Silvano, José, Antonino, Aurea, Pepa y otros pobladores hablen; que el paisaje hable. Ella y su equipo se instalaron durante un año en Aldealseñor: Para mí, era un sitio secreto y me daba mucho pudor irrumpir en la vida cotidiana de las personas que allí viven, cuya amistad considero sagrada y antepongo ante todo, recuerda. Por eso, si había que ayudar a un vecino a construir un invernadero, porque si no se le morían las hortalizas por las heladas, pues, preferíamos echarle una mano que filmar.

La vuelta al hogar

Mercedes dejó el pueblo a los 3 años y entre esas piedras quedó su primera infancia.
Cuando volví, lo que sentí fue que estas personas viven en un lugar donde se detuvo el tiempo. Aldealseñor es un pueblo abandonado por la historia. Para el mundo, no importa lo que pase en este lugar. Importan las grandes ciudades. Este lugar está fuera del proyecto de la historia. Cuando ellos se mueran, se acabará una forma de vida. Porque no hay nadie que la siga. Y pese a que son muy conscientes, transmiten una alegría por la vida y una fortaleza impresionantes. Viven felices con lo que tienen. Se tienen a ellos y a nadie más, relata Mercedes desde su casa en Barcelona, su residencia en los últimos años. Han elegido desertar de la historia porque nadie se ha acordado de ellos. Nadie les ha ido a preguntar cómo les va o si necesitan algo. Entonces, han sabido vivir en la austeridad y en eso se ve su sabiduría, en su experiencia de años y años de vivir siempre con lo mismo, en el mismo lugar. No se preocupan por las cosas superficiales de las que nosotros estamos pendientes todo el día. A todo el equipo y a mí nos empapó esa sensación de estar fuera del mundo, fuera de las cosas a las que nosotros les dábamos tanta importancia, explica.

En el pueblo todo tiene un carácter mucho más relativo. El tiempo y las cosas cobran otra importancia. Muestran una capacidad muy auténtica para saber estar, para encajar. Eso es lo que me impactó. Ese saber estar pese a que saben que van a morir, que detrás de ellos no viene nadie. Cuando hablan te transmiten tal aceptación de las cosas de la vida... Tienen el fatalismo de saber que las cosas no cambian, pero sin tristeza. Al contrario, tienen mucho sentido del humor y disfrutan de la vida, relata.

En El cielo gira Mercedes muestra cómo ellos, los que se quedaron, lo hicieron porque se sentían muy apegados al oficio de la tierra, de los animales, del campo. Ése es su trabajo y no se hubieran acostumbrado a vivir en la ciudad, a trabajar en fábricas, a cambiar de ritmo... son muy autónomos, cuenta. En un momento de la película, tres de los habitantes del pueblo están sentados en la plaza. Son dos varones y una mujer.

Aquí, la vida sigue. Antonino, Silvio, Cirilo, Jesús, Aurea, José caminan, llevan las ovejas, cuelgan las sábanas, revisan su historia mirando viejas fotos, dejan que pase el calor pesado del verano, aguardan el viento del otoño, se encierran en el largo invierno y vuelven a renacer con la primavera. El resto, el resto transcurre más allá de esa loma.