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 a solas

En un taxi hacia el norte de Río de Janeiro, una favela enorme crece a los costados de la ruta. Al entrar, la piel se me eriza. Siento escalofríos. Hay cientos de jóvenes de raza negra mirando un partido de fútbol. Muchos están armados. No veo ni una mujer. Es la favela del Maré, la más grande de Río de Janeiro. El taxi en el que voy avanza rápido y el taxista saluda a los costados como asegurándome el paso entre esta marea de gente. Ahora son miles y miles de casas de dos pisos formando un pequeño laberinto. Las calles rebalsan de gente. Estar acá es sentirse diminuto, vulnerable, insignificante. Es que la favelas en el Brasil son sinónimo de ausencia: ausencia de progreso, de desarrollo, de luz, de agua, de sanidad, de educación, de salud. Ausencia de todo lo que sucede allá afuera.