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El río Paraná
baja manso, ancho y marrón. No sospecha que allí
nomás, en una de sus orillas, algo está pasando.
La ciudad de Rosario está agitando esas aguas que nadan
tranquilas. La cuna de grandes músicos, escritores y
artistas está viviendo nuevamente un momento de gloria.
Rosario, hoy, está mirando bien alto, mirando al cielo.
A pocos metros de la costa entrerriana, se yerguen cuatro silos
enormes, imponentes. Desde la década del veinte están
en silencio, pero en noviembre pasado su destinó mutó.
Allí abrió sus puertas el Museo de Arte Contemporáneo
de Rosario (MACRO), un brazo del tradicional museo Castagnino.
Este edificio reciclado –una tendencia que se da en las
grandes ciudades del mundo– reúne obras de destacados
artistas argentinos y se ha transformado en el mejor símbolo
de esta pujante y naciente Rosario.
La ciudad de Berni, Olmedo, Fito Paez y tantos otros está
viviendo un apogeo cultural y económico. Hay vida. Y
donde hay vida, hay avidez y entusiasmo. Las avenidas y las
peatonales están llenas de gente que va y que viene;
la costanera, despertando para darle el marco que esta ciudad
merece; los bares, poblados de charlas que se prolongan hasta
la madrugada; los artistas locales, proyectándose al
extranjero. Gente que inventa, que busca, que quiere.
Y entre tanto alboroto rosarino, aparece Graciela Vrech, una
mujer que hizo de su profesión en el mundo de la ropa
un puente para llegar a las mujeres humildes de Rosario que
aprendieron a tejer la lana en el telar para subsistir. O Flor,
una inquieta rosarina que lleva años creando miniaturas,
pequeñas cosas lúdicas, y que tiene un exquisito
local en un pasaje de principios del siglo veinte en pleno centro.
O Andrea Cejudo, la encargada del restaurante de cocina que
abrió su padre hace casi cincuenta años y que,
después de su muerte, ella sigue manteniendo activo.
Rosario, una ciudad que quiere posicionarse, ubicarse en el
complicado mapa de una Argentina enorme; que quiere destacarse
por su cultura, por su belleza, por su ancho río y por
su color. Una ciudad que siempre le dio la espalda al río
y que ahora lo está mirando, abrazando. Una ciudad que
es hoy una capital cultural. Una ciudad que busca que un obelisco
enorme no le haga sombra. |
Graciela Vrech
de las flores
a parís |
| En el barrio de Las Flores, en las afueras
de Rosario, las mujeres prácticamente nacieron frente
al telar. Manejan hilos y lanas con una destreza única
y logran traducir todo su amor por la tradición en mantas,
suéters y bufandas. Sin embargo, la pobreza y la falta
de trabajo disminuían el estímulo y la fuerza
para dedicarse a ese oficio. A escasos kilómetros de
allí, Graciela Vrech pasaba sus horas confeccionando
ropaba y aplicaba a sus diseños de moda lo aprendido
en la prestigiosa Parsons School de Nueva York. Hasta que un
día, dos mundos que parecían opuestos se unieron.
La tradición y lo moderno se fusionaron. A Graciela le
encargaron confeccionar un regalo para los miembros de un destacado
estudio de arquitectura en París. Su idea fue hacer corbatas
en telar. “Yo tenía el conocimiento
en diseño, pero no sabía agarrar un telar, no
tenía ni idea de cómo cardar la lana. Así
que fui hasta Las Flores y conocí a estas mujeres.
Nos pusimos a trabajar como locas y juntas logramos que 65 corbatas
viajaran a París”, cuenta hoy. Ése fue el
principio de un largo vínculo. Con ayuda, lograron habilitar
un galpón en las afueras de Rosario y reparar los viejos
telares que llevaban tiempo sin usarse. Buscaron la lana de
oveja necesaria y se sentaron a trabajar. Comenzaron con corbatas
y terminaron haciendo ropa para locales de moda. “Me gusta
respetar y conservar las identidades; mostrar lo propio de cada
cultura y poder transmitirlo. Ellas son quienes mejor saben
hacerlo”, explica Graciela. Ellas pusieron todo su conocimiento
sobre el manejo de la lana y Graciela aportó el diseño.
Finalmente la historia de estos dos mundos que se encontraron
y se ayudaron mutuamente quedó plasmada en una película,
Calle Violeta Barrio Las Flores, que cuenta la historia de estas
muejres que lograron encontrar en ese arte una manera digna
de ganarse la vida. |
Flor Balestra
jugando
en chiquito |
El centro de Rosario depara
sorpresas de todo tipo. Al adentrarnos en sus pequeñas
calles, está el pasaje Pam, un pasaje arquitectónico
de principios de siglo que invita a curiosear, a hurgar, como
si uno se metiera en un cuento para chicos. A pocos metros de
entrar, está el local de Flor, un espacio lleno de colores,
de objetos pequeños y grandes, de sorpresas. Flor es
Florencia Balestra, artista, dibujante, pintora, guardaobjetos...
Ella, junto con otros tantos artistas de Rosario, marca tendencia
en esta ciudad. Organizan exposiciones, buscan, van, viajan.
El arte impregna sus vidas y ellos lo viven así. “Yo
siempre sigo para adelante. Cuando todo resulta adverso, sigo”,
cuenta Flor, y su energía salpica, mancha hasta contagiar.
A ella le gusta rescatar a ese niño que existe por algún
lado, a ese niño que tenemos dentro. Ella lo quiere sacar
a jugar y, así, crea para ese niño. En
el pasaje Pam, además de este local, Flor tiene una librería
de arte y poesía, y su taller, un reducto que amontona
mil historias, fotos, bastidores, cuadros, cajas y papeles.
“Yo creo en la exploración, en el juego. Ése
es mi modo de hacer arte”, cuenta y agrega que está
organizando un vernissage que juntará, en el pasillo
de este pasaje, a cuatrocientas personas.
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Graciela Vrech, una mujer que combinó
sus conocimientos de indumentaria con la labor de las mujeres humildes.


Flor transmite su entusiasmo en su taller
de arte.

El local de Flor sorprende por sus objetos
mínimos y ocurrentes.
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