| Un
marido que se fue, una amiga que nos desilusionó,
un hermano que nos sacó dinero, un hijo que
no nos visita, ladrones que nos robaron la casa,
un pariente que nos critica, un novio infiel, un
compañero de trabajo que nos hizo una mala
pasada, un jefe que no nos defendió, un padre
violento. Muchas,
inconmensurables son las situaciones de la vida
que nos duelen, que “se nos atragantan en
la garganta” con esa sensación de “no
puedo creer, yo jamás lo hubiese hecho, no
habría sido capaz”.
Noches de insomnio, instantes de llanto inesperado,
cataratas de odio, reproches, desilusión,
ganas de pegar a alguien, “flashes”
recordatorios que se repiten a plena luz del día,
la herida se hace presente y supura. Cuando alguien
nos lastima no hay con qué darle: hay furia,
hay dolor, hay sentimientos que van y vienen, que
duran mucho y no nos dejan en paz. ¿Qué
hacer cuando algo nos duele? ¿Cuál
es la mejor forma de reaccionar?
Reacción
o no acción
Cuando nos sentimos agraviados,
perdonar es limpiarse por dentro, lavar las heridas,
disponerse a un mejor estado. “Frente a las
heridas es posible reaccionar de formas diferentes
–golpear a quienes nos han golpeado, hablar
mal de quienes lo han hecho con nosotros–
pero es una lástima gastar las energías
en broncas, recelos, rencores o desesperación
y, tal vez, es aún más triste cuando
una persona se endurece para no sufrir más.
Sólo en el perdón brota nueva vida”,
opina la doctora en Teología Jutta Burgraff.
Frente a un daño, a veces, es más
fácil enojarse que conectarse con el dolor
y decir al otro: “Me duele lo que hacés”,
“estoy decepcionado, lastimado”.
Cuántas veces estamos en el colectivo, nos
dan un pisotón y automáticamente nos
dicen perdón. ¡Qué lindo es,
qué facil! La disculpa sale como por arte
de magia, brota aunque nos duela el pie. Somos conscientes
de que no existió mala intención,
fue un descuido o un pequeño impacto debido
al movimiento del transporte. Para nosotros esa
persona es libre de culpa y cargo. No es responsable
de su acción.
“Al hablar de auténtico perdón,
el terreno es mucho más profundo que el de
un pisotón humano, es una herida profunda
causada por la libre actuación del otro”,
declara Burgraff.
Todos, en algún momento de nuestra vida,
no podemos negarlo, hemos sufrido injusticias, rechazos
y humillaciones, algunos incluso tuvieron que soportar
torturas, no sólo en la cárcel sino
en el trabajo o en la propia familia. En ese sentido,
hay un dicho árabe que afirma: “El
único dolor que destruye más que el
hierro es la injusticia que procede de nuestros
familiares”.
Cuando esas heridas duelen, el perdón es
lo único que calma.
El
significado del perdón
Cuando digo a alguien “te perdono”,
no olvido simplemente la injusticia. Rechazo el
rencor y la venganza, hago tripas corazón
y me dispongo a ver al agresor como alguien digno
de compasión. Algo difícil para una
mujer a la que le han asesinado un hijo o secuestrado
un marido, pero más liviano para alguien
que tiene que perdonar la injusticia de una madre
o de una amiga. A la hora de perdonar a alguien
que nos lastimó, por ejemplo, en el marco
de una relación de pareja, será necesario
mirarnos, ver cuánto hay de responsabilidad
en nosotros. Siempre algo de responsabilidad pudimos
tener, aunque sea un cinco por ciento.
[“Perdonar
es limpiarse por dentro, lavar las heridas, abrirse
a estar mejor.” ]
“Las heridas no curadas
pueden reducir enormemente nuestra libertad y originar
reacciones desproporcionadas y violentas que nos
sorprenden a nosotros mismos. Una persona herida
hiere a los demás. Y muchas veces, oculta
su corazón tras una coraza, en apariencia
dura, inaccesible e intratable. Sólo necesita
defenderse. Parece sólida pero es insegura,
está atormentada por malas experiencias”,
agrega Jutta Burgraff. Por eso, ordenar el propio
interior –tarea difícil, por cierto–
es un paso para hacer posible el perdón.
Llegará un momento en que una persona no
pueda llorar más ni sentirse ya herida. Pero
esto no es señal de que haya perdonado a
su agresor, sino que tiene ciertas ganas de vivir.
El perdón nace cuando estamos dispuestos
a escuchar al otro a corazón abierto, cuando
no hablamos de los demás a partir de nuestras
experiencias dolorosas –algo que nos sucede
seguido, juzgándolos y desvalorizándolos.
La clave está en no identificar al agresor
con su obra. Todo ser humano es más grande
que su culpa. Lo podemos ver en una carta escrita
por Albert Camus respecto de los nazis: “Y
a pesar de ustedes, los seguiré llamando
hombres... Nos esforzaremos en respetar en ustedes
lo que ustedes no respetaban de los demás”.
El perdón del que hablamos trata de una actitud
interior. Significa vivir en paz con los recuerdos.
Al perdonar queremos lo mejor para el otro, su desarrollo,
su alegría.
[“El
perdón nace cuando escuchamos al otro a corazón
abierto.” ]
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