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 a solas
entrevista

María Fux a los 82

"Mi Vida es Movimiento"

Hace más de 60 años que baila. Pasó por el Teatro Colón,
enseña aquí y en el exterior, y actualmente presenta un espectáculo en la calle Corrientes. A su edad, y después de un accidente que la inmovilizó durante mucho tiempo, quiere seguir bailando.

Ágil, eléctrica, incansable, me cuesta seguirla por los laberínticos pasillos y mil ambientes de esta señorial casona de la calle Callao, donde tiene su estudio de danza y también su casa. Una casa invadida por bellas plantas. La piel casi tersa, los ojos claros de enorme ternura, el pelo largo hasta la cintura recogido en un rodete, la famosa túnica que le permite volar (“A los 50 años regalé toda mi ropa y decidí vestirme sólo con estas túnicas. Son más cómodas”, dice), aumenta aún más el asombro de la noche anterior, cuando la vi bailar en el Teatro de la Cooperación, en la calle Corrientes. Puro nervio sobre el escenario. Pura juventud. Sin embargo, el próximo 2 de enero, María Fux, que lleva más de 62 años danzando por la vida, cumplirá… 83. A una edad en la que la mayoría se dedica a tejer calceta, ella está más activa que nunca: crea, imagina coreografías, da sus clases de danza-terapia (acá y en otras partes del mundo), planea mil sueños y actúa como cabeza de compañía. Es más: se anima a desafiar. El título de su espectáculo es: “Después de los 80, ¿qué?”.

–¿Qué, María?
–La palabra clave, que repito cada mañana, es CRECER. ¿Qué es crecer? Es pensar que uno no ha abierto todavía todas las puertas que tendría que abrir. Es pensar que hay aún muchas cosas que aprender, descubrir y dar. Aunque no lo creas, yo siento que todavía no llegué a la madurez. Por eso aprendo constantemente. Por suerte, todavía es mucho más lo que no sé que lo que sé.

Admiradora de bailarinas como Dora Hoyer, Iris Schacheri y, sobre todo, Isadora Duncan, cuando tenía 15 años alguien le prestó el libro Mi vida, de esta última. María estudiaba por ese entonces danza clásica con Ekatherina de Galantha, que había venido al país con la Pavlova. “Cuando leí el libro, me di cuenta de que había otra danza, más libre, diferente a las formas clásicas. Y hacia ahí encaminé mi carrera”, dice. Descalza, con el pelo suelto y con música contemporánea (y a veces también con silencios), María Fux empezó a bailar al compás de sus movimientos interiores. Su obsesión era expresarse. La llamaron loca, le pronosticaron poca vida. Pero a ella no le importó. Sólo le interesaba qué le pasaba al espectador cuando la veía, qué ocurría con los alumnos cuando daba una clase. Los resultados empezaron a darle la razón. Hoy son muchos los médicos, neurólogos y psiquiatras que recomiendan esta danza como camino de salida de muchos males. La danza-terapia, como ella prefiere llamarla.

–¿No hubo alguna mañana en que despertó preguntándose “Podré hoy”?
–La edad depende de uno. Hay gente de 40 años que es muy vieja. Hay gente de 50 que dice que ya no va más. Por supuesto que hay una parte física importante, y que vas perdiendo energía. Pero yo creo que ningún día es igual a otro. Me ha ayudado mucho el tener que hacer algo con el otro, dar clases y saber que me están esperando, viajar para hacer mis seminarios.

–¿Hubiera aceptado la vida sin nunca más poder bailar?
–No. Nunca. Mi vida es movimiento. Hice de todo: bajé de peso, traté de que la parte sana de mi cuerpo me ayudara a salir. Todo para que pudiera doblar esa pierna. Para no ser como mi mamá. Cuando bailamos, no sólo expresamos la belleza sino que también salen los miedos, la rabia, la angustia, el dolor. Yo tengo alumnas que son sordas, otros que tienen el síndrome de Down, otras que son espásticas.

–Esa pasión por la danza ¿es incompatible con el amor?
–Yo creo en el amor. A tal punto que me casé tres veces. Sufrí por amor, como todo el mundo. Y no creas que hoy no quiero volver a enamorarme. ¿Por qué no? Mi mamá se casó a los 80 años por última vez. El amor es la abertura más hermosa que uno puede tener hacia la vida. Yo sigo enamorada de todas las cosas que me importan. Eso sí, creo que ya no podría convivir. Me gustaría encontrar un compañero, no un marido. Amo mucho mi independencia. Hace mucho que vivo sola.

–¿Vive sola, sola?
–Con Michilinda, mi gata.


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