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entrevista

Vivi Tellas

"Mi mamá, mi tía y yo"

A esta reconocida directora de teatro se le ocurrió hacer una obra con la vida y la actuación de su mamá y su tía. Así, puso en escena las intimidades familiares. Pudores, tensiones y risas que hoy las hacen sentirse más unidas.

La culpa la tuvo la tía Luisa: a los 71 años se le dio por enamorarse. La tía viuda, con tres hijos grandes, bajó varios talles, cambió su personalidad y dio que hablar a toda la familia.

–Vivi, no sabés cómo está tu tía Luisa. Tendrías que verla; enamorada, irreconocible. No sabés lo que es hablando de sexo –le dijo su madre.
–Ay nena! Esa historia es para vos. Tenés que hacerla en teatro –acotó otra tía, la menor, Julia.

Así como Luisa se animó a poner el cuerpo en una historia de amor apasionado, en un acto de arrojo la sobrina decidió que le pondría el cuerpo a otra apuesta riesgosa: subir a su mamá y a su tía enamorada al escenario, transformar las historias de sus vidas en una pieza de teatro documental.
Hay que tener coraje. Pero por aquellos días Vivi Tellas, actriz, directora del Teatro Sarmiento –donde desarrolla el ciclo Biodrama– , venía de surfear la cresta de la ola teatral. Acababa de dirigir La casa de Bernarda Alba en el Teatro San Martín. La obra fue aplaudida a rabiar a sala llena durante cuatro meses y contó con un equipo profesional que incluía, entre otros, a Guillermo Kuitca. Con la sensación de triunfo y vacío en el estómago, Vivi supo que quería explorar otras aguas. Descubrir porciones de arenas inexploradas. Y ahí estaban mamá y tía Luisa, relucientes, con la misma alegría interior de la foto tomada unas vacaciones en Mar del Plata y la sonrisa más brava.

“Con esto volví a mi vida personal y al principio teatral, a lo chiquito, íntimo, experimental y arriesgado”, cuenta Vivi. Antes que una obra, tuvo en su cabeza un título: Mi mamá y mi tía. Convocó a Graciela y a Luisa, y se juntaron alrededor de la mesa donde ahora tomamos mate cocido y nos dedicamos al deporte que fue el leitmotiv de la obra: la charla de mujeres.

Vivi: A partir de las conversaciones con mi mamá y mi tía, se me ocurrió trabajar desde el teatro de aficionados, de amateurs. Ellas no tienen el oficio de actrices. Me pregunté: “¿Por qué no investigar mi historia personal?”. Así que las convoqué y les dije: “Juntémonos y veamos si sale algo”.
Graciela: Nos citó y nos dijo algo que yo no había pensado nunca: quería hacer una obra con nosotras.
Luisa: Nos aclaró que no nos hiciéramos problema. Que teníamos que contar y hablar tal cual nosotras sentimos, así como yo cuento ahora, sin estudio previo de un libreto.

–¿Cómo les cayó la idea?
L: Nos cayó mejor eso de no tener que aprender un texto. En la obra contamos lo que sentimos. Por ahí, de una función a la otra, varía una conversación o una palabra.

–¿Les dio miedo exponerse y contar su vida?
L: A mí no.
G: Luisa es mucho más atrevida. A mí me da pánico cada vez que subo al escenario.

Graciela y Luisa parecen eyectadas de una comedia de Woody Allen al barrio de Belgrano. De sangre judía sefaradí, coquetas y parlanchinas, tienen la risa contagiosa, el puchito en la mano, la lengua alerta para meter un bocadillo que termine de explicar la frase que la hermana deja picando.
Vivi Tellas tenía el casting servido. Podía ser una bomba de tiempo. Después de las primeras reuniones, llamó a una asistente, Eliana Kopiloff, y a Paolo Baseggio para que se ocupara de la escenografía. Así, sentía que era un trabajo y no una reunión familiar. Mientras las parientas sorbían su té para entrar en calor, Eliana tomaba nota de las historias que Vivi había escuchao toda su vida. Infancias, bodas, muertes, concursos de belleza, traiciones y épocas en que la vida fue una cuesta empinada, y estas mujeres clavaron los dedos en las rocas y los ojos en el cielo, y se hicieron fuertes.

–¿Les dio pudor contar historias tan íntimas?
L: No, son nuestras historias. Contamos lo que sentimos.
V: A mí me dio miedo. Fue bravo el proceso de trabajo, muy angustiante. Me parece que ellas no se daban cuenta.
G: ¡Nosotras no nos dábamos cuenta!
L: Porque empezamos haciendo algo muy natural.
V: Esto no es paródico ni ridículo. Les da placer. Luisa canta y Graciela baila. Busqué esos estímulos para ver si lo podían hacer cada vez y si les gustaba. Por ejemplo, la escena del relato de la muerte de mi padre es una historia que escucho siempre. Desde que soy chica que mi mamá me cuenta eso y lloramos las dos. Eso está incorporado en la obra y en todos los ensayos y funciones también sucede.
G: Sentí esa parte como una terapia de grupo.
L: Algunas veces, uno prefiere no recordar porque es muy doloroso...
G: Lloro siempre que lo cuento; nunca lo había expresado así.


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