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 con vida propia
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tras las huellas de jabón


Se criaron entre aromas y jabones, pero no dentro de una burbuja: los
hermanos Sabater, junto a su padre, rescataron la
tradición familiar, atravesaron diferentes crisis y finalmente
recuperaron la fábrica del abuelo.

La casa de Devoto olía a rico, a vestido limpio en la orilla del mar, a mañana de sol y a siesta de campo, así como huele ahora el local. Estaba habitada por una familia algo excéntrica. Los hermanitos Sabater vivían en esos 1.000 m2 y existían cuartos que no habían pisado nunca. Tenían un dormitorio gigante y blanco, donde se podían lavar la cara cada uno en su propia bacha. Esa habitación había sido antes el laboratorio del abuelo Sebastián; y esa casa, la fábrica. Crecieron jugando con máquinas, como la que usan en el local de Palermo Viejo. Allí sus jabones se apilan en cajas de cartón como bombones gigantescos con forma de barras de chocolate y aroma de coco, frambuesa, mango, oliva, jengibre, cedrón o uva. Algunos tienen leyendas: No lava la conciencia, o propuestas: ¿Te querés bañar conmigo? En otra mesa, los pétalos jabonosos multicolores se amontonan perezosos y llenan los cajones como hostias fragantes. Las paredes del local están tapizadas con fotos en blanco y negro; en algunas, se ve la fábrica del abuelo; en otras, sonríen las generaciones Sabater. También hay imágenes de revistas, cartelitos que avisan fui a tomar un helado y uno que revela busco novia.

Entre los perfumes de té verde y lavanda, se respira una postal de la historia argentina: la de una fábrica recuperada, un oficio transmitido de generación en generación, y una familia que la viene peleando con creatividad y esfuerzo. Hoy, Sebastián padre y sus hijos siguen el negocio del abuelo. El apellido se ha convertido en la marca de los jabones que huelen a siglo XXI: Sabater Hnos. Además del local de Palermo, tienen uno en Cariló y otro en Barcelona. Buena parte de la producción se hace en la fábrica que el abuelo supo abrir hace 35 años en Chacarita y que, tras crisis varias, permaneció cerrada. Hasta hace poco.

Álbum de familia

Los hermanos Sabater son cuatro: Sebastián hijo (28), Martín (27), Eliana (26) y Mimí (7). Todos, hasta la más chiquita, participan del negocio con Sebastián padre (58), que heredó el amor por la perfumería de su antecesor. Coinciden en que nuestro abuelo nos dejó un legado zarpadísimo: en las revistas de su época, aparece en varias notas sobre el rubro. Es emocionante leerlas, fue un tipo grosso. El era argentino, hijo de españoles, se interesó en la destilación del aceite de almendros y se convirtió en un autodidacta. Tuvo dos hijos, realizó pasantías en Francia, volvió a la Argentina y creó dos empresas. Hombre de nariz fina y mente visionaria, en 1955 fabricó máquinas para la elaboración de jabones, empezó a venderlas y creó las primeras esencias y productos para la línea Fulton. Su hijo se sumó al negocio y partió hacia Europa, a recorrer laboratorios.

Negocios de sangre

Los tiempos duros parecen remotos. Sebastián, el mayor de los hermanos, primeramente estudió marketing pero La sangre tiró más fuerte y empecé a ir a la fábrica de Chacarita, a probar, a descubrir para qué servían esas máquinas con las que habíamos crecido. Para el 2000 tenían un producto novedoso: preciosos pétalos de jabón. Lo que falta es salir a venderlos, dijeron. Martín nunca había vendido un alfiler pero se había criado con olor a jabón. Y quiso experimentar. Se puso una camisa blanca, compró un cuaderno y anotó casas de regalo y perfumerías a visitar. Llegaba a la puerta del local, transpiraba, ponía cara de piedra y largaba el speech. Dejaba muestras y su tarjeta. Enseguida levanté el primer pedido. Después recorrí el interior del país. El presupuesto era ajustado: dormía en el ómnibus, visitaba clientes y vendía jabones ahí mismo para financiar el viaje, recuerda.

1.Los jabones que fabrican contienen aceite de coco y lanolina. 2.Sebastián, Martín y Eliana, los hermanos mayores.



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