Isabel
Allende
ya no me quejo más
Desde San Francisco, donde
vive, la escritora nos abrió
el corazón como pocas veces y compartió
sus intimidades: cómo transformó
el dolor por la muerte de su hija, su nuevo rol como abuela
y un presente espiritual.
Pasó la infancia
del otro lado de los Andes, en medio de una casa estrafalaria,
donde una abuela la sentaba a una mesa de tres patas para
llamar a los espíritus. Isabel Allende (60 años)
está convencida de que eso marcó su vida,
abrió su mente y soltó su imaginación:
desde chiquita supo que el mundo era muy misterioso, que
existen cosas que no se pueden explicar. Y que hay que estar
abiertos a la posibilidad de que todo puede ocurrir.
En aquellas épocas los libros se amontonaban en cada
rincón, como una hiedra que crece aun en las zonas
más oscuras. Ahora, las páginas que ella escribió
con una energía desbordante, digna de la naturaleza,
pariendo con ganas y esmero un título y otro, han
llegado a las zonas más diversas del planeta. Hoy,
en más de una ocasión dice sentirse acompañada
por espíritus, como el de su abuela o el de su hija
Paula, fallecida en 1992. Gracias a la escritura, confiesa,
pudo exorcizar mucho dolor.
La voz que llega del otro lado del teléfono es alegre,
vital y está llena de energía. Mientras charla
sin apuro con Sophia está en su oficina de Sausalito,
en San Francisco, un pueblo, el primero después de
cruzar el Golden Gate. En lo que fue un prostíbulo,
luego una iglesia y después una fábrica de
galletas, funciona su estudio y su fundación (otorga
becas con el nombre de su hija a programas que benefician
a mujeres y niños). A veinte minutos de su casa,
trabaja junto a Giulia, su asistente, la mujer de Ernesto,
a quien fue marido de Paula. Pero escribe en su hogar, detrás
del patio, en una habitación pequeña donde
los espíritus le dictan cada línea. Sólo
una persona tiene entrada a ese cuartito: su marido, William
Gordon, abogado.
Una
abuela de lujo
Sus últimos
libros tienen un público al que no estaba acostumbrada:
adolescentes y jóvenes. Todo empezó con una
promesa a tres nietos privilegiados, que se acunaron con
sus historias. Así nacieron La ciudad de las bestias,
El reino del dragón de oro, y El bosque de los pigmeos.
Ya terminé. Les prometí un libro y escribí
tres. Tuve que meterme en la mente de mi nieto mayor, de
14 años, muy distintos a mí. Yo leía
a Emilio Salgari, ellos leen Harry Potter y miran Matrix,
universos mágicos, como la tecnología que
manejan, apunta, admiradora de los jóvenes.
Los encuentra sabios, informados, seguros de sí y
conectados con el mundo. Los veo sin miedo, saben
que pueden ser lo que quieren en la vida. Mi infancia en
Chile era mucho más limitada. No se habían
inventado términos como feminismo, abuso
infantil o violencia doméstica.
El hecho de que mis nietas no se planteen ninguna limitación
me hace pensar que la revolución femenina, si bien
no alcanzó a todo el mundo, impulsó un cambio,
se alegra ella, que cuando chica nunca se atrevió
a soñar con ser escritora, algo reservado a los genios
masculinos.
Resultó más difícil de lo que pensaba.
Escribir estos libros para los nietos implicó aprender
a acelerar el ritmo, a multiplicar la acción, a acotar
los diálogos y simplificar el lenguaje. Se gestaron
rápido, cosiendo cada palabra con alegría.
Fue distinto a escribir una novela, donde aparecen
temas políticos, o cuestiones dolorosas, confía
Isabel.