28.03.2013
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Sergio Sinay

¿Qué les pasa a los jóvenes de hoy? La pregunta es formulada una y otra vez por adultos preocupados. “Nosotros no éramos así”, agregan. “Así” apunta a veces a la violencia, otras a la drogadicción o el alcoholismo, otras a la desorientación, otras a la vagancia, o a la indiferencia, o a la aguda dependencia de computadoras, celulares o redes sociales, o al desinterés por la marcha del mundo en el que viven. La respuesta a estas inquietudes (lo veo y escucho a menudo en padres, familiares, docentes y adultos en general) suele ser la resignación. Pareciera que, como en ciertas películas de ciencia ficción, una plaga misteriosa hubiera dañado el cerebro de los jóvenes y un virus desconocido se hubiese apoderado de su voluntad, impulsándolos a conductas extrañas y destructivas.

14.02.2013
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Sergio Sinay

Una antigua leyenda, que al parecer llegó a oídos de Napoleón cuando invadió Rusia, cuenta que los soldados rusos que mueren defendiendo a su patria no quedan en la tierra sino que regresan a su hogar volando como grullas. Así se originó el título de Pasaron las grullas, una película soviética que en 1957 rompió el muro de la Guerra Fría entre Occidente y Oriente, ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y emocionó sin barreras ideológicas a públicos de todo el mundo. Era la historia de una pareja separada por la guerra. Él va al frente, ella lo espera. En el ínterin es violada por el primo de él y obligada a casarse para tapar la deshonra. Pero lo sigue esperando. Al final de la guerra ella va a aguardarlo en la estación de trenes, y él no regresa. Ha muerto. Ella regala a soldados vivos las flores que llevaba para él, mientras las grullas atraviesan el cielo. Vi esa película cuando era muy chico, con mis padres, y lloré como lo hizo toda la sala, que estaba colmada. Era en blanco y negro, la dirigió (creo) Mikhail Kalatazov y actuaba Tatiana Samoylova, de quien recuerdo su hermoso rostro tanto en los afiches como en la pantalla del cine Avenida, en La Banda, Santiago del Estero.
09.01.2013
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Sergio Sinay

En 1929, cuando la gran crisis económica pegaba fuerte en Estados Unidos y en el mundo (hasta hoy la llamaban la más grande de la historia, pero esperemos a que pase la actual para saber), a Henry Ford (1863-1947), se le ocurrió una idea. Ya había creado la fábrica automotriz que haría legendario su apellido y además fue el inventor de las cadenas de montaje para producir en serie. Decidió aumentar el sueldo al personal de su empresa. Le preguntaron si estaba loco. La economía se derrumbaba y él aumentaba los sueldos, algo debía andar mal en su mente. “¿Saben qué harán los obreros cuando tengan más dinero?”, preguntó Ford a sus críticos. “Comprarán autos, porque todo el mundo sueña con un auto. Y nos lo comprarán a nosotros”.
18.12.2012
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Sergio Sinay

Aristóteles, cuyas ideas están en la base del pensamiento occidental desde el siglo III antes de Cristo, sugería que nos propusiéramos salir de la vida como se sale de una fiesta: ni sediento, ni bebido. Seguramente si el gran filósofo griego fuera invitado a una fiesta hoy y aquí, se vería obligado a reformular su propuesta. Los festejos de todo tipo han ido abandonando su característica de rituales de encuentro o reencuentro, de espacio en el que se comparten emociones y en los que se honra algo o a alguien y han derivado en ejercicios donde poco incumbe qué o a quién se celebra y mucho importan los decibeles del ruido que hará las veces de música y el octanaje y la cantidad del alcohol que se consumirá.

29.11.2012
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Sergio Sinay

Una mamá cruza la avenida empujando el cochecito de su bebé mientras habla por el celular. Una adolescente cruza también escribiendo un mensaje de texto mientras el semáforo está a punto de saltar del amarillo al rojo. Varias personas caminan por la vereda, en ambas direcciones con sus oídos taponados por los audífonos de sus celulares (la última moda). Hablan solas, a los gritos y gesticulan o manotean en el aire como si intentaran mantenerse a flote en el agua. El celular que cuelga de una correa en el cuello o va en el bolsillo, les deja las manos libres para esos raros movimientos. Numerosos conductores maniobran nerviosamente con los volantes de sus autos usando una sola mano mientras la otra sostiene el celular pegado a la oreja. Gritan. No se sabe si al conductor de adelante, a algún peatón o al interlocutor que está al otro lado de la línea. Abundan las advertencias acerca de no usar teléfonos móviles mientras se conduce, acerca del peligro y acerca de la contravención. Pero no les importa, parece ser para otros, no para ellos. Están sordos a todo eso.
15.11.2012
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Sergio Sinay

Franco habla con pasión. Transmite indignación respecto del estado actual de los vínculos humanos. Siente, según sus palabras que faltan más encuentros reales, cara a cara, cuerpo a cuerpo, en lugar de refugiarse en los teclados, en las pantallas, en las redes sociales, donde a la larga el otro es apenas un nombre o una foto. Eso dice. “Y ni siquiera sabés si la foto es real”, agrega. En el afán de conectarse rápidamente, de hacerlo con muchas personas al mismo tiempo, se mutila la palabra, se pierde la sintaxis, se reducen los significados, agrega. “Al final nos incomunicamos más de lo que nos comunicamos. Hablamos mucho, decimos poco, nos desencontramos y hasta la imagen, ya sea en televisión, fotografías o películas, pone más el acento en lo técnico, en los efectos, que en los contenidos, mostrar importa más que comunicar”.
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