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"Mi hijo se fue a vivir afuera"

Conmemorando el Día de la Madre, queremos homenajear a todas esas mujeres que, luego de experimentar la aventura de criar a sus hijos, un día debieron dejarlos partir. Porque ser madres es darles tanto raíces como alas para volar. Por Isabel Martínez de Campos. Ilustraciones de Maite Ortiz.

Son cada vez más: a algunas se les va uno, a otras dos, y en algunas casos todos. A estudiar, a probar suerte en busca de mejores posibilidades, a trabajar en empresas de primer nivel. Hoy vivimos una realidad argentina que no ayuda; pero no solo eso: estamos inmersos en un mundo globalizado, donde cambiar de país parece tan simple como cambiar de barrio, donde las comunicaciones simplifican. Gracias a ellas, podemos ver caras, muecas, o preparar una tarta como si estuviéramos juntas en casa, más allá de que una máquina de por medio nos impida abrazarlos y pasarles la batidora. Hoy los jóvenes miran al mundo como un gran país. Sin embargo, sus madres muchas veces parecen no sentir lo mismo. En algunos casos está el dolor de haberse perdido una relación cotidiana con los hijos y, también, con los nietos. Hace poco, una señora cuyo hijo vive hace años en Asia nos comentó: “¿Se dan cuenta? Mis nietos hablan en mandarín. ¡No les entiendo nada!”.  No es fácil ponerse en los zapatos de esa señora, ¿no? Otras mujeres lo asumen como parte de la vida y, más allá de que los extrañan, aseguran tener la tranquilidad de verlos felices. Testimonios de mujeres que vivieron la experiencia de ver emigrar a sus hijos.

 

Laura Estrada (60 años)

"Se enriquecen con nuevas experiencias"

Cuando los hijos se casan, el nido se completa. Cuando se van a vivir a otro país, empieza a sentirse el síndrome del nido vacío.

Yo también fui una hija que se fue a vivir afuera cuando se casó y, gracias a Dios y al egoísmo propio de la juventud, jamás pensé que mi partida pudiera afectar a alguien. Hoy estoy del otro lado –tengo dos hijos viviendo en Francia y en México– y no dudo de que es lo mejor que les puede pasar. Se enriquecen con nuevas experiencias y crecen al valerse por sí mismos sin el entorno familiar contenedor. Sin embargo, pienso que ya no soy tan joven y que se acorta el tiempo de estar con ellos, y los extraño un montón.

Me falta la espontaneidad de verlos en cualquier momento. Cuando los vamos a visitar, trabajan la mayor parte del tiempo y no hay nietos que nos ocupen durante el día. Trato de organizar viajes familiares donde participen todos mis hijos. Lo positivo es que cuando nos reunimos es una fiesta: aprovechamos cada minuto, felices de estar juntos.

 

Mirta Torres (66 años)

"Siento que me perdí un pedazo de su vida”

Todo comenzó cuando vivíamos en Neuquén. Mi hijo mayor, Gustavo, estaba por terminar el secundario y empezamos a hablar de que los chicos continuaran sus estudios en el exterior. Podía ubicarlos en Canadá porque una hermana mía vive ahí. Mi marido estaba de acuerdo. Yo sentía que podía mostrarles otra vida para que después decidieran. Fue así como en los últimos años de secundario, y pensando en este proyecto, Gustavo aprendió a lavar su ropa, a arreglar su cuarto y cocinar. Después de recibirse, se fue a estudiar a Canadá, un país que le encantó. Se fue quedando. ¿Si hubo dolor? No, ausencia. Tras recibirse en Canadá, trabajó en otros países. Hoy vive en México, con su mujer argentina y sus dos chicos. Otro de mis hijos, que hoy tiene 40, se fue a Canadá y tiene su familia allá.

Con el tiempo, miro para atrás y me cuesta pensar si hice bien o no en fomentarles que se fueran. Me perdí de compartir la vida cotidiana con ellos. El mayor se fue a los 18 años y tiene 44. Es impresionante lo que no compartí con él. A veces, siento tristeza cuando escucho que mis amigas se van a almorzar a lo de sus hijos, a dos cuadras.

Siempre voy a visitarlos, pero me impresiona pensar que han pasado más tiempo con su familia que conmigo. Cuando un hijo vive afuera, sentís que está en otra dimensión y tratás de acercarte. Por ejemplo, el otro día mi hijo me contó que estaba leyendo un libro, y enseguida fui a comprarlo. Al leerlo, siento que tengo un pedacito de él, descubro qué le interesa, qué está pensando y qué le gusta. Muchas veces me llaman mis nietos y me dicen en inglés: “Abuela, te queremos”. Es lindo, pero no deja de ser una historia adaptada, no una realidad original. Toda esta tristeza que siento va por dentro, porque a la vez tengo mi vida. Soy una jubilada digna, me gusta escribir y hago yoga, pero el dolor siempre está.

 

Rosario Mantilla (65 años)

"Aprendí a desarrollar otras maneras de comunicarme”

Todo comenzó de manera paulatina. A mi hijo, Carlitos, lo mandó un banco a trabajar a México. Tenía solo 24 años. Después se fue a Chile a otro banco y finalmente partió a estudiar a la Universidad de Stanford, en California, Estados Unidos. Hoy, diez años después, sigue viviendo en el exterior, más precisamente en Seattle, e incluso se casó con una norteamericana. Tiempo después también partió mi hija a hacer un master en Harvard, en Nueva York.

Siento que mi dolor se fue manifestando con mi hijo mayor poco a poco, porque al principio iba y venía a Buenos Aires. Además, uno tapa las cosas y no se da cuenta. El sacudón fuerte lo tuve cuando fui a verlo a la Universidad de Stanford; ahí me di cuenta de que nunca más iba a volver. Lo vi feliz, como en su salsa. Sentí que allá tenía un mundo más amplio, que disfrutaba de las conversaciones, la pluralidad de ideas, la diversidad. Sentí que tenía que aceptarlo, que si él estaba bien, yo iba a estar bien. Con mi hija que partió tiempo después sentí lo mismo.

Hoy por hoy, si bien extraño su presencia, aprendí a desarrollar con mis dos hijos otro tipo de relación, con menos contacto físico pero mucha cercanía. Hablo más por teléfono con Carlitos, que vive en Estados Unidos, que con la única hija que vive acá en Buenos Aires. Mi hijo me llama todos los días, y con Rosarito, la que vive en Nueva York, estamos con el Skype todo el tiempo. Descubrí otras formas de estar juntos, de comunicarnos. Tratamos de no perder esas cosas cotidianas. Mi hija, por ejemplo, me llamó por Skype el otro día y me preguntó cómo preparar una tarta de berenjenas. Fotito va, fotito viene, y con el chat, nos reímos sin parar. Me divierto como loca. Y siento que seguimos muy unidos. 

¿Si me pregunto si se van a quedar a vivir para siempre en otro país? Trato de no vivir por adelantado. ¿Si los eduqué con una bajada de línea de que es bueno irse a vivir al exterior? No, nunca les dije eso, pero me hago cargo de que los crié con mucha libertad, con el concepto de que aquello que fueran en su edad adulta iba a depender de ellos. Los eduqué para que se valieran por sí mismos. Traté siempre de despertarles muchas inquietudes y no me arrepiento. Tengo muy asumido que te puede pasar, es lo que me tocó en la vida. Los extraño pero siento que están bien. Uno es quien es donde quiera que esté. Hoy el mundo es global, los amigos son de todo el mundo, ya no existen las fronteras.

 

 

Magdalena Paz (50 años)

"Lloré dos años sin parar”

Vivo en Mar del Plata y mi hija Male estudia Diseño de Indumentaria en Buenos Aires desde los 18. Cuando me dijo que quería irse a estudiar, me invadió la tristeza. Lloré dos años sin parar. Le decía: “Quedate” y ella me contestaba: “No me lo digas”. Sin embargo, no le escondía mi tristeza, me parecía más sano sacarla para afuera, aunque siempre la respeté. Tengo 50 años y veo a mucha gente de mi edad que repite: “No pude porque me daba no se qué dejar a mamá”, “Me frustré porque mis padres no me dejaron”. No quería que el día de mañana me reprochara algo. En mi interior, estaba llena de miedos, la gran ciudad...“y si le pasa algo”.

Recuerdo que cuando la llevamos a Buenos Aires, mi marido no habló en todo el viaje. La dejamos en un pensionado para estudiantes. Siempre se la escuchaba contenta y eso nos ayudaba a sentirnos mejor. Con el tiempo, se mudó con una amiga a un departamento. Todavía la extraño, pero de otra manera, más serena. Siento que Malena creció mucho. Ya pasaron cuatro años. Cada vez que viene a casa de vacaciones, chocamos porque ella ya se acostumbró a vivir sola. Aunque ya tiene 22, seguimos hablando seis veces al día. Me acostumbré a que esté allá, pero estoy pendiente de cuánto tarda el colectivo que se tomó, de cada paso que da. Sigo su vida con lupa. Siento que está grande y que eligió lo mejor para ella. Yo le digo la verdad, que acá hay menos posibilidades en lo suyo. Pero la vida es una elección con renuncias.

 

Vanina Rosenthal, periodista

La visión de una hija que vive afuera

A una hora de la playa y a cuarenta minutos de un centro de esquí. Vivir en Santiago de Chile con beneficios de expatriados era una gran opción. En ese entonces, mis hijas tenían 5 y 1 año… ¿qué tan traumática podía ser la experiencia? Todo fluyó sin mayores inconvenientes. La adaptación al colegio fue fácil, y allí conocimos a muchos amigos, que con el tiempo se han transformado en nuestra familia.

Yo creía que estábamos bien… hasta que las nenas me empezaron a mostrar que no. Que ellas no estaban ni ahí con ir a Valle Nevado. Que preferían mil veces ir a andar en bici con sus abuelos, y que un fin de semana en el country, en Buenos Aires, era mejor alternativa que Zapallar. La que más se manifiesta es Sol, la mayor, y por lo general me deja muda. De alguna manera, ella pone en palabras lo mismo que yo siento, y callo. También extraño a mi mamá, a mi papá, y a la única abuela que me queda. El desarraigo no es exclusivo del que se va. Es compartido. ¡Sobre todo, en una familia judía acostumbrada a moverse en bloque!

Mamá y papá aprendieron a optimizar el tiempo. Vienen súper seguido (cada dos meses) y en verano se van solos con las nietas una semana de vacaciones. Cuando mis hijas lloran y les piden que no se vayan, cierran los ojos y les hacen cosquillas. Ya no recuerdo ningún viaje en el cual mis hijas se hayan embarcado sin lagrimear. Una vez Sol me preguntó: “¿Por qué me hacés esto? ¿Por qué me obligás a vivir sin mis abuelos?”. No pude responder, solo la abracé fuerte.

Si pudiera volver el tiempo atrás y darme un autoconsejo, me diría: “No te vayas. Volver es cada vez más difícil, y no es cierto es que el tiempo cura las heridas. Estar lejos duele cada día más”.

 

La opinión de Sergio Sinay

Los padres crían para soltar

Según el escritor Sergio Sinay, en tiempos de globalización, desplazarse por el mundo es más normal que en otras épocas. “Estoy convencido de que esta experiencia es muy rica para los chicos y que si los padres han cumplido con su función de ser proveedores de amor, contención, guía y diálogo, sus hijos –más allá de que se vayan a los 17 o más adelante– van a estar bien. Lo viví en carne propia cuando me vine a Buenos Aires desde Santiago del Estero y, si bien extrañé, fue una experiencia súper enriquecedora”.

Los padres crían para soltar, no para retener. Soltar es parte del buen ejercicio de la paternidad.

De todas maneras, los chicos tienen que saber que se pueden ir y estar bien, gracias a que sus padres los educaron y cumplieron su función. Muchos jóvenes hoy en día son muy egoístas. Se marean con su éxito y olvidan a aquellos que los criaron. “Siempre pienso: ‘Te fuiste a vivir a Shanghái y te está yendo bomba. Todo bien, pero acordate de que tenés unos padres que te criaron bien y con amor. Andá a visitarlos dos veces por año, llamalos, querelos’. En definitiva, estoy convencido de que ni los padres ni los hijos tienen que mirarse el ombligo. No se puede criar hijos para llenar vacíos. Y los chicos deben recordar que no nacieron de una lechuga. Para estar donde están, hubo también un sacrificio económico (pago de colegios, cursos) por parte de sus padres”.

Sinay concluye: “Somos un país de inmigrantes, y estamos viviendo acá porque alguien tomó alguna vez la decisión de cruzar el océano. Se separó de los que más quería y nunca más los volvió a ver. Todos somos fruto de las decisiones de nuestros ancestros”.


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21-10-2013 06:12
Cecilia
"Es difícil ser el que se va, es cierto, pero creo que quedarse es más complicado porque lo nuevo es la pérdida. Cuando te vas lo nuevo es lo que estás por descubrir, tu energía está en eso. Al menos es lo que me pasó a mi! Y con mi mamá tenemos una relación muy rara, se diría casi extrasensorial. Ella es muy intuitiva con lo que a mi me pasa, aunque esté a 3000 km de distancia y yo siento está más presente cuando estoy lejos que cuando vivía con ella... jajaja es un poco raro pero es asi! Creo que la distancia ayuda a madurar las relaciones"
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22-01-2014 12:51
Cristina Pelissero
"No es fácil...yo voy a saber lo que se siente o voy a empezar a saber que pasa a partir de este sábado...mi hija se va a Italia. Ella y el hijo de un pariente lejano se enamoraron. Tengo una angustia indescriptible, es el sentir que ya no la voy a tener cerca! Todos le dicen que en tres meses regresa...yo no lo sé, pero tampoco me pondría feliz que ella fuera con una ilusión y todo fracasara...no soy tan egoísta como para desear eso, quiero que sea feliz, la mujer más feliz del mundo y si para eso debo sufrir el desarraigo, llorar como lo estoy haciendo en este momento...lo hago! Sé que va a un lugar donde hay mucha gente que la quiere, parientes, amigos...pero estará lejos. Podré verla por Skype, escucharla pero no voy a poder acariciarla, darle un abrazo o simplemente sentirla a mi lado...Ella hace años que está fuera de casa, se fue a la ciudad más grande de mi provincia que se encuentra a 200 kms a estudiar y luego se quedó a trabajar, pero si tenía ganas de verla o si ella me necesitaba sabía que en pocas horas llegaría a verla. No sé que pasará ni sé tampoco como me sentiré dentro de tres días cuando la vea irse, una cosa es imaginar el momento y otra vivirlo. Solo le ruego a Dios que me la cuide, que el hombre que eligió la ame y sobre todo la respete y que sea muy pero muy feliz y eso aliviará mi dolor de no tenerla cerca"
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